El primero de marzo fue un viernes. Los días viernes soy un poco más feliz pero no porque llegue el fin de semana. Me gusta pensar en la semana que pasó, en los resultados de mi trabajo, en los momentos que disfruté conmigo misma, en las personas que vi y también en las que no pude ver. Ese viernes tomé un helado con Aldo en Schock, la heladería de una amiga que además de tener los helados más ricos de San Isidro, tiene un jardín escondido con bombitas de luces entre los árboles y algunas estrellas que asoman entre las ramas. Este mes me di cuenta de que me gusta mirar hacia arriba; si miro hacia abajo me veo a mi misma. Si miro hacia arriba siempre descubro algo nuevo y, si tengo suerte, encuentro un pedazo de cielo.

Como el cielo del atardecer en el río con Lupe. Esa tarde nos preguntamos a dónde va el amor cuando pasa el amor pero no supimos responderlo. Es que a veces las parejas pasan y el amor queda o a veces no queda nada. Pero este mes el amor fue motivo de celebración y me emocioné cuando la vi entrar a Costy vestida de blanco. Me acordé de cuando tenía 6 o 7 y me quedaba a dormir en lo de Lupe. Costy tenía 4 o 5 y abrazaba a su Simba de peluche mientras dormía. A veces el paso del tiempo me asusta y otras me hace recordar con nostalgia momentos que tenía olvidados.

Cuando me quiero olvidar del tiempo miro alguna serie. Este mes devoré “10% percent”, una serie de Francia en la que me encariñé con cada uno de sus personajes y me reí con el humor irónico de los franceses. Me encariñé tanto que, el fin de semana que tuve que viajar a Uruguay por un casamiento, sabía que me iba a faltar algo al no saber de los protagonistas durante un par de días.

En el barco a Montevideo escuché varias veces la canción “Shallow” de la peli “A star is born” y anoté una de mis frases preferidas que le dice Jackson a Ally: “Talento hay en todas partes, pero tener algo que decir y una manera en la que decirlo para que la gente te escuche, eso es otro tema. A menos que no salgas y no lo intentes, nunca lo sabrás”.

Ya en Montevideo me desenchufé de lo que quedaba del otro lado del charco y disfruté del campo de noche con amigos, de un asado, anécdotas graciosas y cervezas frías hasta tarde, cuando solo se escuchan los grillos y algunas ranas. El sábado siguiente tuve mi primer casamiento judío con una ceremonia debajo de una carpa transparente repleta de luces colgantes y árboles de eucalipto del otro lado. El rabino habló del amor de la familia y aprendí el significado de la jupá, el manto de tela que cubre a los recién casados y simboliza el hogar que forma la nueva pareja.

Al día siguiente me desperté después de haber dormido solo 4 horas y salí a caminar por la rambla de Montevideo para despejar la cabeza de las caipiriñas de la noche anterior. El viento fresco que me secaba el pelo recién salido de la ducha y el sol en la cara fueron despertándome de a poco y de golpe. Me quedé un ratito con los ojos cerrados y la cabeza apuntado al sol. Escuchaba el viento, el río y los corredores del domingo que pasaban por al lado. Cuando volví a abrir los ojos vi a un papá andando en monopatín con su hijo, a dos mariposas volando alrededor del poste de luz y  a un chico cantando arriba de la bici. Pasó por al lado mío, se dio vuelta y me saludó con una mano en el aire. Como diría Francesco Piccolo en su libro, son esos los momentos de inadvertida felicidad.

De Montevideo volvimos de noche y llegamos a casa a la madrugada. En el camino de la entrada vi una de las ventanas de un vecino todavía con la luz prendida y me detuve un minuto porque me llamó la atención. Había un señor de pelo blanco escribiendo a máquina, con la luz de un velador sobre el escritorio y la biblioteca iluminada a su espalda. Me guardé esa imagen en la cabeza con cierta ternura. Y también la luna finita y brillante que asomaba del otro lado de los árboles antes de entrar a casa.

El viento de marzo sopló fuerte algunas mañanas y algunas noches también. A veces lo vi desde el balcón de casa, cuando se sacudían los árboles y empezaban a volarse las hojas. Otras veces mientras caminaba. En cualquier situación me imaginaba que era un viento de cambios, que traía nuevos comienzos y que, como leí en un libro una vez, “el viento hace que todo pueda suceder”.

Quizá fue el viento de marzo o quizá fue casualidad pero uno de esos días en los que el viento soplaba con ganas, tuve la reunión más emocionante de mi vida.

Dos noches de marzo acompañé a Aldo a las primeras catas de sus quesos orgánicos junto a Facón, un refugio de Palermo en donde compartimos vinos y parmesanos a la luz de las velas y debajo de una parra y de las estrellas porteñas. Dicen que cuando la felicidad del otro es tu propia felicidad, eso es amor. Y así terminé cada una de esas noches, tan feliz que era como si me saliesen chispitas de la cara.

Como cuando bailo, que también siento esa electricidad en todo el cuerpo. Bailo mientras cocino o enfrente del espejo cuando estoy sola en casa. En la fiesta de cuarenta de mi cuñada también bailé hasta las 3 de la mañana y me fui a dormir con la certeza de que cada día debería ser un motivo de celebración.

Los últimos días de marzo me trajeron sorpresas lindas: una charla larga y helados de dulce de leche con mi hermana, un cuadro que me pintó mamá con mar, arena y algunas gaviotas volando, un evento en la Embajada de Grecia que me hizo viajar al país de mis raíces por un rato, una fiesta de Levi´s  a cielo abierto, un Skype largo de domingo con mi abuela desde Atenas, la luna llena a la madrugada desde la ventana del auto en la ruta a Tandil y el recuerdo en fotos de los millones de girasoles en el campo hace un año atrás.

Y el último día de marzo lo terminé cantando una de mis canciones preferidas de Fito Paez en el Lollapalooza mientras volaba un avión en el cielo de color rosa. Además bailamos con Aldo algunos temas de Tiësto y nos copamos con Macklemore y Sam Smith.

En una de las canciones me agarró de sorpresa por la cintura y me subió a sus hombros de un envión. Desde ahí arriba podía ver en dimensión a miles de personas cantando en inglés sobre el amor mientras más arriba, el cielo se volvía noche. Así guardé un nuevo recuerdo en mi cajita mental de momentos de inadvertida felicidad.