«Los dos días más importantes de tu vida son el día que naciste y el día en que encontraste el por qué». Con esta frase de Mark Twain dando vueltas en mi cabeza empezó mi febrero. Creo que todos tenemos en claro el día en que nacimos, pero ¿todos sabemos cuál es nuestro propósito? ¿para qué estamos acá? Este mes fue de búsqueda. De búsquedas. Y por esas maneras curiosas que tiene la vida, todos los documentales que vi estaban relacionados con la muerte. O con la vida. Como cada uno quiera verlo. No le tengo miedo a la muerte, nunca lo tuve. «Es que yo la vida la deseo, haría cualquier cosa para poder tenerla, toda la que haya, tanta hasta enloquecer. Yo la vida no quiero perdérmela, yo la deseo, de verdad. Aunque me hiciera un daño insoportable lo que deseo es vivir». Cada vez que pienso en la muerte recuerdo ese párrafo de Océano Mar, de Baricco.

Este mes no me arrepentí de perderme planes sociales y preferí los planes conmigo misma. Una de mis noches de sushi, en vez de ver otra peli de amor en Netflix, vi el documental de Franca Sozzani y me inspiré con su propio caos creativo. Todo gira, la vida comienza de nuevo cada día le dice Franca a su hijo mientras la entrevista en el auto. Franca decía que es importante dejar huella. Aunque sean tus propios hijos. Pero si además de tu familia, lograste dejar algo más, pasás a formar parte de la historia.

Febrero, además de búsqueda interna, fue un mes de mucho trabajo. Y lo sentí como si ya fuese mitad de año. Uno de esos días en los que seguía enchufada a la computadora a las nueve de la noche, me mandó un mensaje Aldo: ¿viste la luna? Me asomé por la ventana y la luna llena era tan redonda y brillante que no podía sacarle los ojos de encima. Ahí mismo fue cuando pensé por qué me tomo tantas cosas con tal seriedad, por qué me angustio por cosas que no lo valen. Al final, lo más importante es el amor que damos. La familia y los amigos. Y la naturaleza. Nada más.

Libros leí pocos, de hecho solo uno. Los 13 cuentos no reunidos de John Cheever y marqué con un post it el de Autobiografía de un viajante, mi preferido. «Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas o como almanaques viejos o como la luz de gas o esas grandes casas amarillas con cornisas y cúpulas que construían antes. Eso es todo. Aunque a veces me siento como si mi vida hubiese sido un fracaso total. Lo siento a veces por la mañana, mientras me estoy afeitando”.

El mismo día que leí ese cuento mamá cumplía 61 y una de mis mejores amigas, 31. Eso me hizo pensar en los años que pasan. Y en que cada año me emociona más ver felices a las personas que quiero. Dicen que las personas que realmente te quieren son las que están, no en los malos momentos, sino en los mejores momentos de tu vida. Es fácil acompañar el dolor y la angustia de otra persona, pero no todos son capaces de acompañar y de disfrutar la felicidad ajena, de celebrar los logros de otras personas sin sentir envidia. «Si cambiásemos la envidia por la admiración haríamos de este mundo un lugar mejor» leí en una revista. Es por eso que ahora soy mucho más consiente respecto de con quién comparto mi vida, mi tiempo, mis proyectos. Elijo rodearme solamente de las personas que me quieren ver crecer. Como papá, que se puso tan contento cuando le conté que fui elegida por Dove para representar en una producción de fotos a las mujeres frescas y auténticas en un nuevo lanzamiento de la marca. Aunque papá no tiene Instagram y él piensa que eso es como estar en una publicidad en la tele. Igual cada vez entiende más, pero le llevó su tiempo entender de qué trata mi nuevo trabajo desde que no trabajo como abogada.

Son pocas mis amigas de la facultad que siguieron trabajando como abogadas. Sol es una de ellas. En febrero vino a Buenos Aires por dos días y me hice un hueco para verla en mi rutina laboral y darnos un abrazo que hacía mucho no nos dábamos. El abrazo terminó en una charla de amigas, de esas que me hacen volver al eje, que me ayudan a no marearme y mantener el foco en lo importante. Las personas que te quieren ver crecer te ayudan a ser mejor persona. Son las que te recuerdan quién sos y para qué estás acá. No dejes de escribir, de mostrar tu esencia. No te olvides de lo importante, me dijo Sol.

Antes de que terminara el mes, volví a jugar al tenis después de mucho tiempo. Y me sentí muy bien. Y también a pedalear en la naturaleza. Y a acostarme en una reposera y no hacer nada. Disfruté haciendo una cobertura para el Hilton y me dejé mimar por la vida de hotel, pero también disfruté de volver a casa. Porque siempre es lindo volver a casa.

Mi último día de febrero fue un día largo. Salí tarde de un evento de la Embajada de España y vi que mi auto no estaba estacionado donde lo había dejado. Suelo olvidarme donde estaciono pero estaba segura de que lo había dejado ahí. Se lo había llevado la grúa. 28 de febrero, casi las 10 de la noche, con ganas de volver a casa (que todavía estaba lejos) y los gastos hasta el cuello. Podía enojarme pero en cambio elegí respirar profundo y cuando miré hacia arriba vi algunas estrellas en el cielo porteño. Me había olvidado lo linda que es Buenos Aires de noche. Disfruté el viaje en taxi hasta la Facultad de Derecho (donde estaba acarreado mi auto), mirando por la ventana como si fuese turista. Pagué el acarreo sin discutir y volví a casa escuchando Shallow bien fuerte, con la ventana abierta.

Volví a casa disfrutando los últimos minutos del último mes de verano, sintiendo en la cara ese viento pegajoso de febrero con olor a lluvia. Y sin quererlo, ya estaba sonriendo de nuevo.