Empecé el 2019 abrazada a Aldo, al lado del mar en José Ignacio. Pedí mis deseos de año nuevo mirando los fuegos artificiales. Cerré los ojos y agradecí por todo lo aprendido en 2018. Realmente fue un año de aprendizajes. Y deseé con los ojos abiertos, mirando el cielo oscuro, buscando algunas estrellas, con los fuegos lejos y las olas rompiendo en la orilla cerca de mis pies. Recé, como algo natural. Porque nunca dejé de hacerlo. Los deseos no los comparto porque son personales, como cuando soplo las velitas de cumpleaños. Solo los escribo en mis cuadernos y vuelvo a leerlos de vez en cuando para recordar por qué estoy viva.

El 1 de enero desayuné en La Linda, pero pude comer sólo un yogurt con frutas y un licuado porque desde hace un mes y medio soy intolerante al gluten. Saqué fotos a las flores de la Santa Rita que hay en las ventanas y le dije a la moza que algún día me encantaría tener un árbol así en mi casa. Leí un libro sobre la globalización, no porque me interesara el tema sino para tenerlo cerca a Baricco y extrañarlo menos. Hice unas fotos para Levi´s en una camioneta vintage estacionada en las dunas. Antes, corrí hasta el mar para buscar a su dueño entre los pescadores y pedirle permiso. Se puso contento. Volví a Buenos Aires todavía con la piel tibia y salada y la energía del mar adentro de mi cuerpo. Esa energía que me da más vida.

Planté alocacias en mi balcón, removí la tierra vieja de las macetas abandonadas y las llené de tierra fresca y húmeda. Nadé algunos días al atardecer, cuando el sol ya no se ve pero todavía hay luz y el cielo se pone rosa. Fui a comer a Kansas con Anita y nos reímos hasta decir basta escuchando una serie de audios que no puedo reproducir. Nos juntamos con Lupe en un patio francés de Nuñez y nos dimos cuenta de que crecimos. Doly mandó una foto desde México, en las ruinas de Chichen Itza y quise volar hasta allá para explorar un nuevo destino.

Volví a escribir diarios personales y relatos, como hacía antes. No solo crónicas de viaje o notas de revista. Mamá me dijo que escriba cuando me salga, que no me obligue, que después comienza a brotar todo solito como las flores cuando pasa una lluvia fuerte. Escribí borradores, me dijo. Aunque sean solo párrafos. Escribir es ordenar las ideas, me dijo por WhatsApp.

Vi una serie francesa que me hizo reír como nunca me hace reír algo en una pantalla. Se llama Plan Corazón y estoy esperando la próxima temporada. Cuando terminé de ver la primera, reactivé mi cuenta de Duolingo para practicar mi francés oxidado. Comí sushi y helado, mis preferidos. Acepté un nuevo puesto de trabajo y me animé a nuevos desafíos. Me compré una billetera nueva y un monedero con forma de beso para los viajes. Porque en los viajes siempre compro muchas cosas con monedas.

Fui al campo una semana. Trabajé desde ahí, en un escritorio que hace un tiempo ubiqué sobre el ventanal principal. Desde ahí veo a las vacas cuando las llevan al tambo. Y a los pájaros que van y vienen. Algunos se golpean contra el vidrio, pero siguen volando. Disfruté de los atardeceres de la mano de Aldo. Escribí, caminé sola. Jugué con los perros. Volví a escuchar a los pájaros, los teros, las ranas y los grillos. Volví a escuchar el viento. Una tarde le tapé los ojos a Aldo y lo llevé a ver la luna redonda y gigante que aparecía por atrás de los árboles del monte. Salté el arroyo, con miedo pero riéndome fuerte. Porque así hay que enfrentar al miedo. Con risa y curiosidad. Tomamos un vino debajo de las estrellas mirando la luna llena. Me quedé en piyama un domingo entero y vi una de las últimas pelis de Harry Potter en Netflix. Ordené mis ideas, mis cuadernos, mis pensamientos y desactivé todas las notificaciones de mi teléfono.

De vuelta en Buenos Aires me hice un cambio de look: me animé a un flequillo abierto y a un color más claro. Me relajé los fines de semana en planes con familia y con amigos. Hice unas fotos para Caro Cuore con una tabla de surf adentro de una pileta. Respondí 136 mails. Jugamos al oráculo con mis primas mientras comíamos helado y tomábamos vino. En el cielo apareció una media luna finita que me hizo sonreír y agradecer. Bailé con mis mejores amigas en un bar una noche de 40 grados de sensación térmica. Y volvimos a tener 20 años por un rato.

Escribí una nota sobre Melbourne y otra sobre La Toscana para OHLALÁ! Y volví a viajar por unas horas y a recordar buenos momentos. Escribí en un cuaderno los lugares que quiero conocer y también los que ya conocí en mis 30 años de vida: 4 continentes, 26 países, 53 ciudades y 21 islas. Escribí una frase de Henry Miller en un post it y lo pegué en la heladera: “un destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”. Y así me preparé para empezar un nuevo mes, dispuesta a ver lo cotidiano con ojos nuevos. Haciendo de lo ordinario algo extraordinario